En un rincón de un jardín descuidado,
Quedó enterrada la semilla de una flor,
Sólo una vez la habían regado,
Sola había brotado, sin nadie alrededor.
Extraña parecía en aquel desierto,
Qué sentido tenía haberla sembrado,
No había vida, todo estaba muerto,
Por qué me sembraron, se había preguntado.
Pasaron días y se olvidaron de ella,
Poco a poco
marchita quedaba,
Nunca sabrán que pude ser bella,
En su agonía así pensaba.
Seca, sin esperanzas se iba durmiendo,
Se decía; “Ya no importa ver un nuevo amanecer”,
En las sombras de la noche iba viendo,
Un fantasma a sus raíces agua hacía caer.
Aun así ya medio dormida,
Entre las sombras al fantasma diluirse vio,
En un suspiro se sintió perdida,
Qué larga la noche, más el día llegó.
Qué verdes todas su brillantes hojas,
Una flor se formaba en un botón,
Ya no le faltó agua, adiós congojas,
Crear una bella flor, era ahora la ilusión.
Así aquel jardín desierto,
Poco a poco volvió a la vida,
Ya no hay lo que parecía muerto,
Todo existe, cuando nunca se le olvida.
Ω

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